
El Príncipe Azul sostuvo mi mano y le sonríe a los ojos. Aunque vino sin caballo, ya me sentía salvada. Su tibia mano hizo estremecer mi corazón y mis latidos se volvieron cada vez más fuertes. Y quise llorar, porque era de nuevo feliz después de tanto tiempo sola.
Él me sonrió también (¿es a esto lo que llaman amor?) y durante un minuto el tiempo pareció detenerse en una fotografía instantánea, imagen de esas que los niños ven en los libros de hadas. Y echamos a correr a través del bosque sin mirar atrás. Sin embargo, nadie estaba persiguiéndonos; excepto quizá nuestros propios temores.
Entonces, llegamos a una senda clara, dejó mi mano ir y nos besamos un adiós más. ¿Pero, significa algo el adiós? Cuando cada quien hizo su camino, de repente mi conocimiento y lógica se encendieron otra vez. Tal vez él no es en realidad el Príncipe Azul. Pero yo ni siquiera soy, después de todo, una princesa.
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